viernes 2 de enero de 2009

CICLO "LA FUERZA MAYOR" (PARTE II/IV): LA ALEGRÍA ILUSORIA Y LA ALEGRÍA PARADÓJICA


«(…) O bien la alegría consiste en la ilusión efímera de haber acabado de una vez con lo trágico de la existencia: en cuyo caso la alegría no es paradójica, sino ilusoria; o bien consiste en una aprobación de la existencia considerada como irremediablemente trágica: en cuyo caso la alegría es paradójica, pero no ilusoria. No debería sorprender que, por mi parte, prefiera el segundo término de la alternativa, persuadido como estoy no sólo de que la alegría logra adaptarse a lo trágico, sino también y sobre todo de que no consiste más que en ese acuerdo con él y gracias a él, pues el privilegio de la alegría, y la razón del especial contento que dispensa -contento único porque sólo él se da sin reserva-, radica de hecho en que ésta permanece a la vez totalmente consciente y totalmente indiferente hacia las desdichas que conforman la existencia. Esta indiferencia hacia la desdicha, sobre la que volveré más adelante, no significa que la alegría no se dé cuenta de ella, menos aún que pretenda ignorarla, sino al contrario, que ésta atenta en ella en grado sumo al ser la primera interesada y a la que primero le concierne; y ello en virtud precisamente de su facultad aprobatoria, que le permite conocerla más y mejor que cualquiera. Por eso, resumiendo en una palabra, diría que sólo hay verdadera alegría si, al mismo tiempo, resulta contrariada, si ésta en contradicción consigo misma: la alegría es paradójica o no es alegría.

De este carácter paradójico de la alegría pueden deducirse tres consecuencias principales:
Primera consecuencia: La alegría es, por su misma definición, ilógica e irracional. (…)
Segunda consecuencia: La alegría es necesariamente cruel, por la despreocupación con que se enfrenta al destino más funesto y a las consideraciones más trágicas.
(…)

Tercera y última consecuencia: La alegría es la condición necesaria, si no de la vida en general, al menos de una vida llevada de forma consciente y con conocimiento de causa, pues consiste en una locura que paradójicamente permite –y es la única que lo permite- evitar el resto de las locuras, mantenerse a salvo de la neurosis y de la mentira permanente.
(…)»

Clément Rosset. La Fuerza Mayor, Notas sobre Nietzsche y Cioran. Acuarela Editorial, año 2000, págs. 28-30. Traducción de Rafael del Hierro.


Esta navidad puede que haya sido la menos navideña de todas las que he vivido. En mi entorno, en las calles, en la gente, en los comercios o en cualquier lugar no veo alegría, solamente un leve quejido en el labio, una especie de tic sonriente, al apoderarse un alguien de cualquier objeto con un valor relativo, pues la mercancía también es perecedera en cierto modo parcial o absoluto: se devalua como la propia felicidad de este siglo, una felicidad de tanatorio, una felicidad de papel moneda.

También parece que la crisis económica ha crispado la consciencia (y la conciencia) de más de uno; se ha propagado una especie de rabieta existencial generalizada por la coyuntura actual y ha abierto los ojos a bastantes personas, es como si se hubiera entrado en una especie de nube o estado alterado de conciencia: «¡Vaya!, empieza a darse cuenta de cosas, razona, piensa... ¡si es que le ha dolido el bolsillo!» Es decir, después de estos años de bonanza y de optimismo que cegaban el previsible futuro turbio, muchos han vuelto en sí y se han encontrado con que ya no pueden seguir el mismo tren de vida, con que su felicidad vale menos: a menor capital, menor felicidad y a menor felicidad, menor alegría.

No crean que felicidad y alegría sean lo mismo. Como todo significante, cada palabra tiene un significado concreto y unos matices únicos: el sinónimo perfecto “no” existe, los sinónimos son semejanzas entre palabras mellizas. La felicidad es un estado de conciencia o de ánimo más bien físico que se manifiesta con el placer de los objetos y con la cercanía de las personas. Por otro lado, la alegría es más eléctrica, es un sentimiento vivo que se estereotipa con la gracia de cada cual mediante gestos, desmesuras, júbilo… La alegría es en definitiva una consecuencia parcialmente intrínseca en la felicidad; elemento éste último detonante del primero, aunque no necesariamente, de ahí el carácter parcial. Cómo no, hay diversos tipos de felicidad, unos de envoltorio, otros de caramelo.


Centrándonos en el texto de Clément Rosset, que creo haber titulado acertadamente, nos imbuiremos de lleno en el término alegría, analizando la dicotomía que distingue el filósofo francés en dicho término: la alegría ilusoria por un lado y la alegría paradójica por otro.

Para Rosset la alegría ilusoria consiste en «la ilusión efímera de haber acabado con lo trágico de la existencia», mientras que la alegría paradójica consistiría en «una aprobación de la existencia considerada como irremediablemente trágica». Ambas definiciones son claras e ilustran el primer párrafo del texto que comentamos.

La perspectiva que ofrece el filósofo francés no es muy conciliadora: o ilusión o asunción pero no una alegría plena; pues lo paradójico de la alegría paradójica (valga la redundancia) es que en su apariencia de alegría total no existe ninguna alegría, debido a que ese tipo de alegría es consecuencia de la superación de lo trágico. Como ejemplo, podría servir la imagen de un soldado pisoteando a su enemigo mientras pasa de un estado inicial de desasosiego a una sonrisa, que sería el estado final de alegría paradójica; el fin es alegre, pero el medio es nefasto. Como diría el propio Clément Rosset, cita que podéis leer en el texto transcrito de La Fuerza Mayor en la primera parte de este ciclo: «(…) Sólo hay alegría total o no hay ninguna alegría (y añadiría (…) que sólo hay alegría total y, a la vez, en cierta forma, no hay ninguna alegría) (…)» A su vez la alegría es una locura que te aleja del resto de las locuras, como bien diría Rosset.

Rosset llega a sentenciar el segundo párrafo de la siguiente manera: «la alegría es paradójica o no es alegría». Parece deducirse que para Rosset la alegría es solamente paradójica en un plano verdadero y que la alegría total está asumida como paradójica en cuanto que ésta (la total) no existe como tal, sino exclusivamente como alegría paradójica. Este tipo de alegría aprueba lo trágico, mientras que la alegría ilusoria (que quiere aspirar a una alegría total) se enfrenta a la realidad de lo trágico, ya sea pasivamente o de una forma más activa. Una es sumisa mientras que la ilusoria vive sumida en la espera: en la esperanza. En el mejor de los casos la alegría ilusoria toma color en ciertos hombres o mujeres que pelean por la utopía y por la felicidad, una felicidad donde solamente existirían las alegrías. Pero según Rosset, esto sería imposible, pues solamente existe la alegría paradójica como única elegría posible.




La alegría paradójica logra adaptarse a lo trágico y solamente es posible gracias a su contradicción con la desdicha, por lo que la alegría es conocedora de su opuesto como dos enemigos se conocen entre sí. Ambos polos se sopesan, ambas se dan significado mutuamente. Pero esa indiferencia a la que nos hace referencia Rosset de la alegría paradójica no impide que ésta no sea consciente. Así pues, y en primera instancia, consciencia e indiferencia son los dos ingredientes esenciales de este tipo de alegría, tal y como se indica en la parrafada dos del texto de forma tan elocuente. En definitiva, vemos cómo existe una influencia hegeliana en la manera de confrontar el filósofo francés los dos tipos de alegría discutidos aquí, aunque parece no existir una síntesis concluyente. Digamos que la alegría paradójica es antítesis de lo trágico pero síntesis en sí misma y de sí misma como única percepción posible de alegría total.

Poco más puedo decir sobre las palabras de Rosset puesto que el propio texto ya habla por sí solo y mi comentario sobraba. Aún así, me atreveré con una última profanación (por hoy) que me servirá como conclusión. La alegría se muestra como condición necesaria para vivir la vida sin caer en la locura y como medio para conocer la realidad de forma consciente con los ojos bien abiertos mediante la insensibilidad, la indolencia y la sangre fría que este tipo de felicidad proporciona. La alegría paradójica es, en definitiva, el punto clave que debe definir a un hombre fuerte emocionalmente, que aún siendo consciente de lo trágico, por lo que no es ajeno a la barbarie (tiene moral), es capaz de asumir la realidad de forma que logra imponerse y sobreponerse a ella para vivir alegremente. Es un sí a la vida, es Voluntad de Poder.■

4 comentarios publicados, haz el tuyo:

MIRCEA BARBU dijo...

Rosset me parece imprescindible. Sin embargo no consigo entender cómo considera a España tan lúcida, si de hecho en sus libros parecen que radiografía nuestra vida colectiva. Rosset -y Cioran- tienen una visión exótica de nuestro país, imperdonable para tipos tan brillantes. Hablan de la Jota, de Santa Teresa...¿pero en alguno de sus viajes vieron algo así? Es como decir que Francia es Descartes. De hecho creo que ambos hubieran odiado vivir aquí ¿hay alegría más paradójica que la española?¿alguien se imagina a Cioran de copas con españoles sin asesinarlos luego?

daorino dijo...

Muchas gracias Mircea Barbu por el comentario.

La verdad es que a mí también me resulta chocante esa visión que tenían tanto Cioran como Rosset de España. Tenían una visión romántica de los españoles, pero desde un punto de vista sin matizar como pueblo alegre, es decir, sin entrar en la discusión de si los españoles vivimos sumidos en una "alegría paradógica" o "ilusoria". Lo que si es cierto es que España, como buen pueblo mediterráneo, tiene otra "gracia", una forma de vivir más desvergonzada. Seguramente se refiera a eso. Por lo demás, creo que especialmente Cioran aborrecería al tabernario español, o tal vez no, quién sabe.

Por otro lado, y metiéndome a través de la filosofía de Rosset, creo que la alegría española es tan paradógica como ilusoria, y es más, creo que es paradógica respecto al mundo y lo ageno e ilusoria en el terreno individual, puesto que uno ve con alivio las desgracias de los demás en cuanto que no nos toca y a la vez sentimos la ilusión de ser o tener algo resuelto o pleno en el futuro, la ilusión de una alegría donde todo esté solucionado. Es decir, respecto a los demás el individuo es insensible y aspero pero no frente a uno mismo. Es la falsedad y el egoísmo de la alegría española, aunque bien, esto es estereotipo, pues puede ampliarse a todo el mundo. Y otra cosa, la alegría española no se sabe si es consciente o no, si existe o no existe; si no es consciente creo que la alegría española no es ni ilusoria ni paradógica, sino una alegría ilusoria sin cabeza. Podríamos hablar del Sindrome Español, jejejjejeje...

Hasta pronto.

León Riente dijo...

La alegría es paradójica puesto que es un sí consciente a la vida. Consciente de los contratiempos que tiene la vida, de las desdichas que la acompañan, de los límites insuperables que ninguna ideología del progreso podrá nunca vencer. Ya dice el propio Rosset, en otro pasaje, que es propio de esta práctica neurótica, la práctica del progreso, tratar de corregir lo accidental de la vida, ante la imposibilidad de hacerlo con lo esencial. Por eso es ésta una alegría que nace de la creencia (errónea) de haber acabado con el componente trágico que la vida tiene, es una alegría ilusoria, y también efímera.

Creo que para entender bien los conceptos de alegría paradójica e ilusoria es necesario tener presente que Clément Rosset no maneja la concepción del tiempo lineal característica de la cultura judeocristiana. La historia no tiene sentido y no nos encaminamos hacia un mañana necesariamente mejor. Nada nos garantiza un futuro de progreso, o de regresión. Más aún, los conceptos de progreso y de regresión no tienen mucho sentido aquí. El pasado forma parte constituyente y transformante del presente, y otro tanto hace el futuro. Dicho en otros términos, el tiempo es esférico.

Respecto al problema que planteais acerca de dónde encontró nuestro autor esa España, es importante tener en cuenta los siguientes datos. En una entrevista relativamente reciente publicada en un diario español, Rosset habla de una experiencia particular que le resultó fundamental para entender la importancia de la alegria: fue un baile, en un pequeño pueblo mallorquín de 120 habitantes, y en 1953. Por lo tanto, esa España de la que habla, no existe ya. Actualmente, sólo, quizás, en algún reducido y aislado núcleo rural sea posible vislumbrar, con imaginación, esa España que le llevó a hablar de la alegría española como ejemplo de alegría paradójica.

daorino dijo...

Un comentario muy bien curtido, león Riente.

Cabe destacar la concepción del tiempo para Rosset, detalle importante que subrayas y que yo no he analizado. Ese tiempo esférico es igualmente muestra de la atemporalidad de todo lo que ha escrito Rossert en La Fuerza Mayor y de que todo paso adelante o hacia atrás no tiene ni principio ni fin y es igual en todas direcciones. Atemporal, y por ello de una sempiterna actualidad desde que el hombre es hombre. También intuyo que insinuas cierta idea del eterno retorno con el asunto del Tiempo esférico, aunque a lo mejor es una divagación mía poco sostenible.

Lo mejor de la Alegría Paradójica es que te situa en un plano de superioridad: no es una coraza frente a los problemas, es una forma de afrontar los abstáculos de la vida con un casi desvergonzado atrevimiento y descaro, por llamarlo de alguna forma; es decir, es una postura de estar "por encima del bien y del mal".

Por otro lado, no olvidemos de que lo que Clément dice es casi una continuación de o puro análisis de la filosofía de Nietzsche.

Hasta pronto, León Riente.

P.D. Por cierto, inetersante que tu león sea riente.