lunes 9 de octubre de 2006

Fragmentos de DOÑA MATILDA, un relato corto de Daniel Aragón Ortiz que retrata el perfil y la tragedia de la Superputa nietzscheana


(…) Doña Matilda había sido apodada La Superputa porque fornicaba con muchos más hombres que sus amigas; superputa concebida por gente asustadiza y por la envidia de aquellas que no podían igualarla. Era como si Doña Matilda tuviera la culpa de que sus "amigas" no disfrutaran tanto de los hombres, que caían a sus pies, subyugados, para enamorarlos sin piedad y luego abandonarlos en la habitación de algún hotel con un látex recubriendo una erección que se quedaría con las ganas; pues ella, La Superputa, se había cansado de él, de sus jadeos y de sus modales de machote anacrónico, de su virilidad refinada para impresionarla y de su disfraz de ser que entiende a las mujeres o proyectos de mujer cuando solamente buscan a una chacha que les limpie los calzoncillos y que de vez en cuando le relama el sexo cuando éste mira al cielo buscando angelitos. (…)

(…) Doña Matilda era como una cerda, de ella podía comerse y aprovecharse todo, pues toda ella era placer y lujuria, locura y morbo, pecado y alivio, todo al mismo tiempo, sin escatimar en intensidades. Ella era en sí un Superhombre nietzscheano a lo disoluto, toda la magia de la filosofía volcada en el placer, ella era la Superputa nietzscheana, un monstruo erógeno de la modernidad, que nos envuelve y embelesa con toda su pomposidad y poderosa lubricidad. (…)

(…) Doña Matilda nunca se dejaba desvirgar, se vagina era tan sagrada y parecía tan inexistente como la de cualquier virgen, solamente su ano era herido cada noche o cada día, siempre que ella quisiera si estaba sobria. A ella le encantaba, y siempre se la podía sentir aullar con los lobos bajo la anemia lumínica de la noche. Iba a bares de horario nocturno con su pelo rubio postizo, pues ella no solamente era puta, tenía que parecerlo, y se imaginaba a las más putas como rubias y estilizadas, con su diminuto bolso de mano repleto de condones y tampones y llenas de collares de bisutería; pero Doña Matilda era peor que esas rubias, esas rubias que eran putas gratis. Y no crean que lo de puta es por algo laboral, sino que es un término algo marginado que con ella alcanzaba otra representación, la de aquella que hiere en lo más profundo del ser: el ego más íntimo. (…)

(...) El sol se abalanzó de un lado al otro del horizonte de un salto alambicado y refulgente tan impasible como siempre, ya tan hecho a la rutina y al aburrimiento. Las estrellas, “fijas” y pestañeantes, como dulces damas excitadas o ruborizadas, parecían despertar a Doña Matilda. Se dio un baño largo y reposado para relajarse y despertarse del todo; fue uno de esos baños donde es placer ahogarse cada rincón del cuerpo, un placer similar a la de una purificación, pero carnal y diabólica. La manopla, enredada en espuma como un atún entre las redes, se deslizaba por el pecho liso y pelado de Doña Matilda, bajando hasta su sexo, algo parecido a un péndulo sin movimiento o a la manecilla rota de un reloj de pared. (...)

1 comentarios publicados, haz el tuyo:

Enfant Terrible dijo...

El encanto de doña Matilda reside, ante todo, en que no se queda en medias tintas. Por eso pido que tampoco nosotros nos quedemos en la mitad del camino a la hora de caracterizarla y comprenderla. Doña Matilda no es solo una Superputa porque haga putadas, como se afirma en un pasaje de la obra, también es una Superputa porque ha traspasado la barrera de lo que es una simple puta en sentido sexual y metafórico (más allá del mero comercio sexual y entrando de lleno en lo que sería una actitud abierta y disoluta hacia el sexo, sin contrapartidas monetarias) para hacer de la lujuria un modo de vida y hasta de conocimiento (y de desconocimiento). Esta Superputa Nietzscheana permanentemente hace del sexo una ofrenda a Dioniso. Ya Nietzsche nos indícaba cómo las festividades dionisíacas siempre han tenido como uno de sus principales componentes la exacerbación de lo sexual: «Casi en todos los sitios la parte central de esas festividades consistía en un desbordante desenfreno sexual, cuyas olas pasaban por encima de toda institución familiar y de sus estatutos venerables». (Friedrich Nietzsche. El nacimiento de la tragedia. Alianza, Madrid, 2005, págs. 49-50). Pues bien, vemos en nuestro personaje este desenfreno, esta desmesura instaurada como forma de vida, como forma de vida autoinmolativa, por otro lado. Lo que más cautiva de este ser es el relativo aplomo y serenidad con la que lleva y asume su carácter. No hay justificaciones, no hay autojustificaciones, al menos reales, convincentes. Su esencia es su manifestación y no reniega de ella para caer, un buen día y sin saber por qué, en los convencionalismos y el buen orden. A diferencia de tantas burdas imitadoras, nuestra doña Matilda es una mujer consecuente, que no vuelve la vista atrás para pensar en insertarse en "las instituciones familiares y sus estatutos venerables".
Recomiendo encarecidamente la lectura de esta obra de Daniel Aragón Ortiz a todo aquel que quiera conocer a este interesante arquetipo daorino de la Superputa.